Un país «Mea culpa»

Durante esta pandemia hemos devenido pantalla: de la televisión, del celular, del computador, del tablet y así. Las pantallas y las imágenes pueblan nuestros días, nuestros momentos, a cada minuto hay siempre una nueva imagen en una pantalla buscando nuestra atención. Así como los virus crecen, saltan e infectan cuerpas, también lo hacen las imágenes en estos días. Las imágenes se han vuelto biológicas y vitales para nuestro presente. Pensadorxs queer y críticxs de la cultura han advertido que lo que nos muestran las pantallas de televisión tienen la posibilidad de convertirse, ni más ni menos, que en el extraordinario instrumento de la democracia directa o, por el contrario, pueden ser perfectos canales de opresión simbólica. Las intersecciones entre la cultura popular y la televisión en este tiempo de pandemia hacen que las imágenes adquieran una vitalidad inusitada. También en este tiempo en cuarentena las tasas de violencia intrafamiliar han aumentado e intensificado la crueldad sobre mujeres, niñxs, adolescentes y disidencias. Para muchxs, este ha sido un tiempo que vuelve a intensificar el trauma de la familia heterosexual que no acepta nuestras desobediencias al género normativo y, con violencia, quieren volver rectos nuestros deseos.

El horroroso caso de Ámbar Cornejo, una adolescente de 16 años que vivió una vida de carencias y abusos y que terminó asesinada por su padrastro, un psicópata que ya había matado anteriormente a su exmujer y su hijo, se tomó por varios días las pantallas de la televisión. Este y otros horribles asesinatos del último tiempo, han traído al presente al programa Mea culpa y a su conductor Carlos Pinto como uno de los actores autorizados para hablar e intervenir en la justicia. Está siendo llamado a comparecer en programas de televisión e inclusive parece hoy un testigo clave para la cultura del derecho. Lo he escuchado hablando con magistrados, psicólogos y periodistas en estos días del encierro. Además, durante esta pandemia, TVN ha vuelto a reprogramar en horario nocturno los capítulos de esta serie. Momento ideal para reflotar una cultura del castigo televisivo en un momento donde muchas personas se encuentran confinadas en sus casas.

No tenemos que olvidar que Mea culpa fue siempre un programa estigmatizador, homofóbico y clasista. Mea culpa está enquistado en los mas rancios valores de una cultura del castigo y la re-estigmatización, en la cultura heterosexual de una nación que goza con los crímenes hacia mujeres y disidencias y los pone como espectáculo en vez de construir pedagogías que enseñen a combatir la violencia. El conductor de este programa ha admitido que una de las estrategias que utilizaba para representar a asesinos y psicópatas, era ponerlos en el lugar de estrellas de cine, con sus historias truculentas y escabrosas. Sus preguntas y acercamientos siempre tenían un tono frívolo, perverso y escandaloso, faltaban a toda ética y entregaban detalles que volvían a violentar a las víctimas. Mea Culpa presentaba a los inculpados como sujetos excepcionales y no como partes de una cultura de la falta de oportunidades e injusticias. Si se vuelve a mirar sus capítulos, hay una asociación directa de la pobreza con la criminalidad, un espectáculo que distraía y atemorizaba a nuestras poblaciones haciéndonos creer que nuestros vecinos eran nuestros posibles verdugos mientras las autoridades vendían el país a manos llenas e instauraban sin ningún tapujo esta cultura neoliberal del abuso, la injusticia, la falta de oportunidades, la capitalización de los bienes básicos y la privatización de la vida y la cultura. No ponía sus ojos ahí, en esos abusadores porque los malos, los perversos, los asesinos eran otros, éramos nosotrxs: la clase popular, el proletariado.

Recuerdo ahora, por ejemplo, el programa emitido el año 1996 que cuenta el caso de la Berenice, una mujer trans que en un momento de desequilibrio, secuestró el bebé que cuidaba en una casa del barrio alto, hasta donde llegó a trabajar y donde nunca tuvo que mostrar su carnet de identidad porque tampoco la contrataron. Luego de este caso mediático, que inspiró una crónica de Pedro Lemebel llamada Berenice, la resucitada y también, a la dramaturgia de Carla Zúñiga, El amarillo sol de tus cabellos largos, la Berenice fue encarcelada. En el programa, Carlos Pinto trata a la Berenice por su nombre masculino, a pesar que hay una petición para que respete su nombre social. Transfobia explícita por las pantallas de televisión. Asocia esta falta de la Berenice a su identidad sexual y muestra el espacio de la cárcel donde se encuentran los reclusos homosexuales y trans como un nido de infecciones y degeneramiento. Su programa nunca educó a nadie, solo estuvo para distraernos y no poner en evidencia los reales problemas de personas que cometieron crímenes reprobables y horrorosos. Su programa contribuyó al neoliberalismo y a adormecer las conciencias públicas. Su actual rescate en las pantallas, los diarios y las radios es nocivo en cuanto vuelve a imponer una estética que nos castiga.

Si el estallido social pidió más dignidad, creo que tenemos también que oponernos a estos discursos que construyen una televisión alienante y estigmatizadora. Es momento de recuperar a la televisión como un instrumento democrático de entretención, investigación, opinión y fiscalización del presente. No puede ser más un canal de opresión simbólica ni de impunidad.

Por Jorge Díaz

Biólogx trans-feminista, escritxr y activista de la disidencia sexual.