Película Casa Roshell; activismos transfronterizos y cine transficción

En un México violento, el club es un refugio para las mujers trans

Frente a la mercantilización de la diversidad de géneros, pocas veces el cine nos devuelve una imagen que derroche tanto cariño como en Casa Roshell. Acostumbrados a observar imágenes de violencia y muerte de personas trans o gays en el audiovisual GLBT, la película Casa Roshell*, estrenada en 2017 en Berlín, nos entrega un provocativo travestismo cinematográfico rebosante de amistad y complicidad. El exceso del barroco travesti latinoamericano se proyecta en este cine donde los reflejos, las lentejuelas, los boleros, cumbias y tequilas acompañan a esta guerrilla de travestis que espera tranquila la noche defeña atravesadas por un intenso tráfico aéreo. Las fronteras se dilatan en esta casa donde los límites de los géneros circulan y se expanden. 

Casa Club Roshell es el hogar de Roshell Terranova, la maestra glamurosa de rizos dorados de este espacio de resistencia donde cuerpas afeminadas pueden travestirse por 500 pesos mexicanos sin temor y en un espacio seguro. Una casa transformada en un refugio para vidas expuestas a la violencia, una casa muy familiar donde los padres e hijos se ponen pelucas. Donde las esposas acompañan en su tránsito del género a sus esposos. Todas estas escenas conforman el testimonio de las múltiples formas de desear que en la película se registra coquetamente desde la creación de la ficción. 

Camila Donoso representa una ficción que nos vuelve más real la conformación de espacios no sexistas. Una película documental que se vuelve ficción precisamente para invitar a fantasear en el deseo travesti y en la ficción que contiene una casa donde las chicas trans pueden transformarse, tener citas o aprender de la feminidad. La directora feminista desafía al cine de ficción conformando un elenco compuesto por más de 10 mujeres trans, que en esta película se convirtieron en un batallón de actrices durante seis días que duró el rodaje. En su mayoría son mujeres que visitan regularme este espacio nocturno donde todas pueden devenir mujer. Algunas solo por la noche serán mujeres, otras están aprendiendo a caminar sobre los tacos y, en algunos casos, dejar de lado a sus esposas. La película no es tradicional, sino que propone una mirada feminista de vidas trans que desean y practican la libertad sexual en una casa solidaria, que recuerda otros proyectos de hogares solidarios de América Latina como la Casa de los Deseos del Colectivo Mujeres Creando en la ciudad de La Paz. 

En Casa Roshell los testimonios de resistencia de lo travesti nos invitan a imaginar otros mundos posibles donde poder habitar. En un contexto apocalíptico-nuclear, las resistencias a la dictadura heterosexual como Club Roshell nos abren posibilidades y utopías. Camila registra con urgencia un mundo travesti, pero no sólo registra, sino que invita a hacer cine a un grupo de mujeres olvidadas por las políticas de género mujeristas y también por un cine demasiado masculino en su dirección.

En las distintas ciudades donde se ha mostrado esta película (Arica, Tijuana, Madrid, Ginebra, Jeonju, entre otras) el público ha destacado la sensualidad de la película. Pocas veces en el cine las mujeres trans desean con tanta pasión y sin vergüenza, sin que como consecuencia sean asesinadas o agredidas sexualmente como en películas íconos de la cultura trans como Boys don´t cry, Mi vida en rosa, Madame Sata o en el caso chileno La Mujer Fantástica. La película no cae en el cliché de la víctima, como lo hacen muchos films protagonizadas por trans. Quizás el ejemplo más preocupante es el éxito de películas como La Mujer Fantástica donde mercado y política se mezclan, donde la violencia travesti es dulcificada. Por otra parte, la emergencia de un cine LGBT desde algunos años, no hace sino dudar de los usos que hace el cine de las vidas de maricas, trans y lesbianas para montar una imagen de progresismo de un país dominado por un Estado más religioso que laico. 

En Casa Roshell –una colaboración entre Chile y México– las protagonistas son mujeres que desean, pero que también piensan por sí solas:

“Porque te vuelvo a repetir, tú no eres gay, sigues siendo heterosexual. Simplemente descubriste que habemos otro tipo de mujeres. Y que nosotras también somos mujeres”, susurra Roshell Terranova en uno de los clientes del local. Reflexiones que cuestionan las categorías de género circulan en un manifiesto colectivo que es esta película que instala debates y desafíos para los feminismos y las diversidades de géneros. 

Roshell Terranova, la experimentada activista trans de la ciudad de México ha impulsado este espacio de seguridad y educación para las personas que no son heteros. La película escrita a partir del registro de audio de conversaciones contiene críticas al amor romántico y reflexiona constantemente sobre los límites de los géneros. Los excesos de una película que transgrede los estereotipos trans nos evoca otras obras de una transgresión con toques de ruralidad: El lugar sin límites, la novela del escritor chileno José Donoso, presentó escritos tormentosos donde la sexualidad transgresora y el campo chileno se entremezclan en una historia protagonizada por Manuela, la travesti del prostíbulo. La novela fue adaptada como película por el cineasta mexicano Arturo Ripstein en el año 1977. 

La ópera prima de Camila José Donoso que se rodó en Ciudad de México es una necesaria respuesta a los discursos de odio que se reproducen en contra de la comunidad trans y al interior de la misma. La película no se detiene en la exotización de un personaje travesti, las trans no son solamente parte de la industria del entretenimiento heterosexual, sino que son vidas que condensan muchas injusticias. Esto no es RuPaul Drag Race, no es una competencia, no vemos a travestis haciendo grandes acrobacias, sino que las vemos más bien sentadas, en una espera constante, siendo público y protagonistas de una historia colectiva que se refleja en un club con varios años de historia . Frente a la política de la identidad de los movimientos de la diversidad, donde se compite por el reconocimiento, la hermandad entre mujeres manifiesta un esperanzador descubrimiento de un activismo travesti latinoamericano que, al menos en el Chile neoliberal, no existe. 

El cine nos permite escuchar sus voces, sus deseos, es decir sus corazones travestis como diría Liliana Alba, otras artistas del Club Casa Roshell. Destaco el cuidado con el que Camila Donoso trata a las chicas del club transformista, especialmente a las más mayores, que participan con un compromiso corporal y biográfico que se hace parte del ejercicio cinematográfico que se muestra como un juego y como un gran acto de confianza. Un cine político que no cae en heroicidades o el panfleto político, sino en la política de la afectividad: el hacer un mundo más habitable en un contexto de graves violencias. Muchas tuvieron temor en aparecer en la película, algunas simplemente no quisieron participar para mantener sus identidades en secreto. Toda práctica artística que se entremezcla con las agitaciones de movimientos sociales debe tener un cuidado al abordar la alteridad y no simplemente jugar con el dolor de los demás. 

Como el inicio de una borrachera la película va intercalando escenas en 16 milímetros, cuidadosos retratos de mujeres trans y chacales (los hombres que buscan a las chicas del club), diálogos propios de la ficción y escenas del archivo biográfico de activistas trans. Las memorias de hombres que han dejado a sus esposas por ser mujeres o el archivo fotográfico celular con selfies que entregan un exceso de formas drag en cuerpos marcados por la vejez. El gesto documental es desbordado por la ficción que es también el devenir mujer en cuerpos masculinos. Narices gruesas, manzanas de adán prominentes, trucos, los trajes y los hombres, todo es cubierto por lentejuelas y maquillajes, en una película que recuerda los retratos a travestis ejecutados por la fotógrafa chilena Paz Errázuriz en los años 80 en un prostíbulo de Talca retratadas en la serie La Manzana de Adán. La película es intervenida en su tiempo ficcional por planos de retratos de estas otras mujeres que nos miran con complicidad a cámara donde cada una adquiere una personalidad particular que introducen desvíos constantes a los géneros corporales cinematográficos del filme.

Para mí Club Roshell es como ver un Raúl Ruiz travesti. Las mesas, la bohemia, lo onírico-real de sus mundos, los diálogos fragmentados y con intensidad local, la parodia del documental, un cine sin gran presupuesto, un guion que demuestra las críticas a un modelo de afectos y naciones. Pero en esta cinta los hombres que conversan entre tragos y mesas son reemplazados por travestis que rechazan chacales. Entre la balada, las bebidas se develan conversaciones entre personajes secundarios. Las vidas de adultas travestis que vivieron la injusticia de no celebrar esta noche encuentran en el club un lugar de acogimiento. ¿Qué hubiese ocurrido si Raúl Ruiz hubiese hecho una película travesti?  Me imagino Casa Roshell, como un Raúl Ruiz travesti, algo imposible para la escritura de un cineasta tan masculino. 

Es así Casa Roshell un desborde, un cine desviado, un cine que logra reactivar los activismos disidentes a través de la pantalla cinematográfica. Y esta es la potencia de una película comprometida que sabe intervenir en las controversias de los colectivos de géneros con interrogantes, donde la organización política toma una fuerza lúdica. Camila Donoso nos enseña que la creación de una transficción es una herramienta colaborativa, para nada ingenua, donde cuerpos precarizados, no-actores, transforman su situación minoritaria en un relato posible desde la ficción documental. El cine transficticio nos sorprende provocativamente, ya que nos evidencia que el hacer cine es un acto de emancipación y reconocimiento para grupos históricamente marginados. La transficción pone su atención en rincones humanos, donde la pérdida y el olvido son una oportunidad para expresiones artísticas que buscan transgredir el modo de hacer cine organizando épicamente a colectivos sin historias en el cine. Casa Club Roshell es una isla en la ciudad mexicana violenta donde el club es un refugio para las mujeres trans. “Ellas están actuando sus propias palabras, ellas están decidiendo lo que quieren decir. Eso genera un trabajo colectivo que se transmite en la pantalla”. Con estas palabras explicaba su película Camila José Donoso en uno de los estrenos de su película. Para Camila Donoso, la transficción es una ética documental.

A veces el activismo puede ser muy placentero y entretenido. A veces puede significar hacer públicas nuestras formas de afectividad. El activismo puede significar también hacer cine. Confiar en el otro que se registra. Otras veces puede ser muy decepcionante, porque nos sentimos aislados o porque sentimos que nuestra lucha es microscópica. Las cámaras del audiovisual son también parte de un activismo degenerado que hace décadas inventa imágenes, es creativo, incorrecto y confía en la política de los cuerpos para transformar los modos de pensar el cine y las diversidades de género. La comunidad trans adquiere nuevos diagramas del deseo en un cine comprometido con sus actrices que son pura vida. No creo en el cine que no se pregunta por el lugar, ni los cuerpos de sus personajes, sino en un cine que expande las preguntas y cuestionamientos planteados por los movimientos feministas. El concepto de género está en un proceso de disputa y decadencia contemporánea: género significa para muchos ya un lugar caótico y de mera confusión. Las diversidades de géneros no-binarias o disidentes adquieren más reconocimiento en un tiempo trans-capitalista donde los trans están en la punta de una oleada que inunda los cimientos tradicionales del sexo. En hora buena para nosotras las raritas. Pero para los grupos conservadores, tradicionales y pro-familia el género seguirá restringiéndose a dos sexos, femenino y masculino, identidades que definen modelos de ser hombre y ser mujer. Casa Roshell excede las categorías de género, inunda los anhelos de la familia heterosexual, entregando un mundo donde hay gemelas trans, trans sirenitas, travestis indígenas, donde ingresan nuevas formas de masculinidad: los chacales; introduce saberes travestis que circulan con el empuje del tequila. Por lo tanto, la película se ubica en el conflicto actual de las sexualidades donde cada vez más queda abierto el significado de los géneros en un fluir constante. Lo interesante de la película es que no cae en los clichés sobre lo queer, idealizando corporalidades no-binarias que circulan como emblemas de un futurismo sexual. Ni tampoco abusa del espectáculo de las tragedias maricas. No. Afortunadamente en Casa Roshell se registra un hogar travesti sin pretensiones autoritarias, ingresan otras temporalidades de sexualidades envejecidas que no son parte de una moda trans oficialista y se escucha un dolor propio de las sexualidades del sur. No realiza estos errores, porque es una película demasiado situada y honesta. El activismo sexual adquiere nuevas imágenes con un cine donde gravitan los cuerpos que caminan en el club del deseo y donde las categorías de género se embriagan y cofunden con el sonido de una cumbia andina que desde las altura suena desgarrada y acompaña la noche de vidas trans que existen en un espacio oscuro de resistencia. Casa Roshell crea un campo cinematográficamente magnético en torno a las sexualidades posmenopáusicas. Una película elegantemente doméstica, transfeminista y que se resiste a ser encasillada como en la selva neoliberal de los sexos.

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*Esta película está disponible en el catálogo de Ondamedia para verla gratuitamente.

Por Cristeva Cabello

(ella/elle) Periodista feminista, proletaria de la escritura y activista disidente sexual.