M-a-l-a-r-a-c-h-a

Mala racha racha mía

No tengo razones para decir “no”, aún así lo hago. Evado crecer porque rompe mis ropajes; requiere que construya otra vida. La repetición es cómoda y agotadora. Agonizo pensando que fracaso sin intentarlo. Pierdo en mi cabeza lo que triunfaría en el intento. Escapo de la escritura, le pido mucho; la vuelvo pesada. Olvido disfrutar, fluir más. Estoy estancado en la no creación, en la vida sin vestigios. Llegué a pensarlo como un deber, imaginé lectores, intenté complacerles. Estas personas inexistentes juzgan el valor de mis palabras. Estas personas inexistentes cuya aprobación nunca obtengo. Espectros, dementores. 

La realidad del papel es distinta. Nadie puede entrar aquí. Nadie más sabe lo que pienso cuando escribo. Soy varies y las hojas aguantan mi baile tembloroso, danzo de vuelta al interior, vuelvo a la letra, quedo volando, escupo tinta. Soy la idea estancada en la pluma que trato y trato de sacudir. Es como si de lo único que pudiera escribir es de no saber escribir. Tras bambalinas vivo lo que no se ve de lo escrito, son mis quimeras transcritas en código. Por eso el cuento siempre va de alguien más, debe hacerlo. Alguien más y yo mismo. Alguien más que soy yo que no avanzo ni escribo.

Soy un ridículo atrapado en el silencio. La comunicación es mi forma favorita de expresión. Pensar y hablar, el mayor de mis pasatiempos. El trauma de la evaluación está siempre presente. Quitarse la academia de encima. Olvidar las miradas nocivas. Aprender a hacer rimas. Improvisarlas hasta que alguna cobre vida. Sigo diciendo que estoy escribiendo un libro que no soy capaz de visualizar. No hay maqueta. Hay una. Una vacía. Una lista de títulos generales. Mi libro es un punteo, una lista de compras. Me siento un farsante.

No puedo seguir en este atrape, es demasiado cómodo, demasiado monótono. No yo. No el ser seguro que soy hoy. No la persona que se lanzó en búsqueda de sí mismo. Este estancamiento no es digno de lo mucho que me ha costado llegar hasta aquí, a quererme y estar dispuesto a compartir. Debo superarme, dejar de llorar la ropa que queda chica, escuchar atento lo que llega sin que lo pida. Hay esfuerzo en cada logro, orgullo por lo que ya no duele. Debo dejar de comparar mi proceso con otros. Evitar, por completo, recoger piedras en el camino para metérmelas al bolsillo. Andar más ligero. Dejar de sabotear mi propio crecimiento, especialmente ahora que el mundo está abierto. Que nada importa tanto, que todo cuesta la vida.

No sé qué me creo cuando me tomo tan en serio. Já. Cómo si la vida hubiera dejado de ser un juego. La magnitud del universo frunce el ceño y soy enano de nuevo. Nada. Nada tiene más sentido que lo vivo que me siento cuando jadeo. Nada tiene más sentido que el abrazo honesto de un nuevo amigo. Nada. Nada tiene más sentido que la comida hecha con cariño. Nada y a veces lo olvido. 

El trabajo es una excusa que me mantiene lejos del fantasma del fallo.
¿Qué pasa si no soy un fracaso?
¿A dónde voy si no me atrevo?
¿Qué hago entonces?

¿No juego?

Por Jota Elmes

(el) Escritor y artista trans no binarie. Activista LGBTQIA+.