Ecosferas cuir

Parte de la imperativa opresiva del progreso ha sido crear binarismos falsos.1 La naturaleza se separa de la cultura para justificar el extractivismo de nuestras ecologías. La «cultura» domina a la «naturaleza salvaje» en la narrativa del colono civilizante. El género se binariza en dos categorías fijas que organizan a la familia nuclear acumuladora en el capitalismo. Ambas son creaciones heteronormativas, binarismos falsos que limitan nuestras configuraciones de vida y nuestra imaginación colectiva. Como propone Donna Haraway, hay placer en revelar, deshacer y confundir estos binarismos y fronteras ideológicas.2 Es también, en las palabras de Sayak Valencia, nuestra tarea hacerlo: «La tarea de estas multitudes cuir es la de seguir desarrollando categorías y ejecutando prácticas que logren un agenciamiento no estandarizado y decolonial—es decir que no busquen asimilarse a los sistemas de representación impuestos por la hegemonía del sistema heteropatriarcal/clasista y racista.»3

Uno de los espacios donde se están desarrollando estos agenciamientos y cuestionamientos críticos de los binarismos hetero-coloniales es la ecología cuir. La ecología cuir se refiere a una constelación interdisciplinaria que une a la teoría cuir, el ambientalismo, los estudios de género, la ciencia animal, y otros campos de estudio. La ecología cuir funciona como una intervención dentro de los discursos y las prácticas teóricas heterosexistas y binarias. En su mundo interdisciplinario se enfocan los principios del pluralismo, el no-binarismo y la fluidez de las categorías de sexo-género. Abarca también la interseccionalidad de la justicia ambiental, los ecofeminismos y las disidencias sexuales.

Desde esa interseccionalidad, postula desafíos a todo tipos de fronteras y categorías: desde les cuerpes hasta los territorios geográficos que se rigen bajo los mismos principios coloniales-occidentales del control y la apropiación. Las ecologías cuir y sus relaciones químico-afectivas rechazan las fronteras identitarias y estatales, postulando la liquidez, la existencia colaborativa y el pluralismo como alternativas.

Este rechazo de la frontera identitaria como política estado-nacional y colonialista cae dentro de lo que se llama la trans-corporalidad. Este es un término de la teórica Stacy Alaimo, quien postula que no existe tal cosa como un ser discreto e insular. La trans-corporalidad significa que todas las criaturas, como seres encarnades, están imbricades con el dinamismo del mundo material que se les cruza. Las transforma, y es transformado por ellas.4 Como seres, no existimos sin la colaboración de miles otros seres y, como tal, no nos podemos definir de forma insular. No podemos digerir ni respirar sin transformar y transformarnos. Tampoco podemos existir sin asimilar a nuestres cuerpes los efectos tóxicos del extractivismo acelerado. Nuestra existencia es una colaboración, un despliegue químico-ambiental-microbial constante. Las fronteras del cuerpe no terminan en la piel, tal como las ecologías no respetan las arbitrarias fronteras del estado colonial sobre sus territorios. Todo fluye, colabora, se mueve y se despliega. Todo deviene entre sí.

Las personas trans tenemos conocimiento somático de esto. Sabemos muy íntimamente que nuestres cuerpes son cambiantes, líquidos, inestables, susceptibles y prostéticos. Sabemos muy bien que dependemos de sustancias para mantenernos, tal como entendemos la falsedad y la violencia de las categorías fijas de género. Escapamos categorías y fronteras. Y nos acompañan muchas especies en este conocimiento: existen disidencias sexo-genéricas y ambientales en el coral, en las esporas de hongo, las libélulas, los delfines, y muches otres. Todes participamos en un despliegue colectivo cuir, insistiendo en la pluralidad con nuestras configuraciones de vida y alterando las composiciones materiales que nos rodean. Lo vemos hasta en el nivel del respiro: cada vez que inhalamos, incorporamos más de un litro de aire al cuerpe. Lo exhalamos transformado, diseminando dióxido de carbono con los volátiles derivados metabólicos de nuestros microbios orales, perfumando atmósferas cuir con nuestros pulmones. El transformarse es inevitable.

Si percibimos atentamente a nuestros alrededores podemos observar la trans-corporalidad como un hecho muy cotidiano. Nos constituimos entre nosotres todo el tiempo: nos co-constituimos. Toda ecología es cambiante, colectiva y resiste las categorías. Toda ecología es cuir. No hay manera de separarnos de la naturaleza, tal como no hay manera de mantener una separación limpia y binaria de los géneros.

Esto es lo que nos enseña la ecología cuir. Desde el aire que exhalamos cargado de materias sulfídicas hasta la reproducción furiosa de los hongos, celebramos la pluralidad y la falsedad de las clasificaciones coloniales y binarias. Nosotres, junto a un universo de especies y materias, nos orientamos hacia el placer disidente, compartiendo hedonismos e insistiendo en otros mundos formulados por cuestionamientos cuir.

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(1) Incluimos la palabra ‘falsos’ como una aclaración, ya que entendemos a los binarismos como falsos por definición.
(2) Haraway, Donna Jeanne. «Simians, Cyborgs, and Women: the Reinvention of Nature». New York: Routledge, 2015.
(3) Sayak Valencia, «Interferencias Transfeministas». https://hemi.nyu.edu/hemi/fr/emisferica-111-decolonial-gesture/valencia
(4) Alaimo, Stacy, “Trans-Corporeality”. En The Posthuman Glossary, editado por Rosi Braidotti y Maria Hlavajova, Bloomsbury, 2018.


*Creditos Portada: Getty Images
1) Nasa, circa 2018 – 2020.
2) Mehmetakgul
, “Helvella crispa” (2010).
3) YvesSch
, “Spore cloud” (2011).

Por Agustine Zegers

(elle) Artista / Escritor, dedicado al mundo olfativo.